En primera persona: Me ofrecí como voluntaria para un nuevo test de coronavirus

Por Cecilia Ananías Soto

Periodista de la Asociación de Académicos y Académicas EMG UdeC

¿Qué es la cosa más extraña que han hecho para salir a tomar aire durante una cuarentena? ¿Quizá salir corriendo a comprar el pan sin permiso? ¿O adoptar un perrito para ser paseado por esta mascota? (sí, en ese orden). En mi caso particular: yo me ofrecí a la ciencia.

¿Cómo llegué a ser una ratona de laboratorio? Simplemente, un día circulaba un PDF por los distintos correos y chats de WhatsApp de la UdeC –universidad donde boleteo un par de horas a la semana-, buscando voluntarios y voluntarias para la prueba piloto de un examen para detectar la COVID-19; test que, de ser validado, implicaría una detección más rápida, con menores costos y mucho menos invasivo, en comparación al actual examen que se utiliza (la PCR). Es decir que, en vez de meter una enorme tórula por la nariz y hasta el comienzo de la faringe, solo tendríamos que soplar en un tubito. Maravilloso, ¿no?

“Estudio piloto de validación clínica del analizador de aliento TeraSystem”, rezaba la invitación, agregando que se trataba de una tecnología basada en espectroscopia láser, desarrollada por una empresa israelí. Necesitaban reclutar 750 casos positivos y 750 casos negativos y para estar seguros de los últimos, hicieron un llamado a funcionarios y funcionarias UdeC que estuvieran teletrabajando, sin sintomatología y que no hubieran sido ni contacto estrecho ni hubiesen tenido un caso positivo de COVID-19 entre el grupo familiar.

Hasta ahí, todo sonaba como sacado de una película de ciencia ficción y como siempre me ha gustado el género, rápidamente estaba redactando el correo para inscribirme: “Hola, soy una periodista que trabaja desde su departamento enano, que casi no ha visto la luz del sol, que solo comparte con una cobaya chillona y que está a punto de pintarle una carita a una pelota para llamarla Wilson y conversarle. ¿Dónde me anoto?”, escribí algo así, pero con palabras más formales.

Un par de días después, ya me confirmaban el día y la hora, que coincidió en una semana que ya me había gastado mis dos permisos semanales y, más encima, me los gasté bajo los tubos de luz fría del supermercado. Así que me vestí de ser humano, me coloqué una mascarilla quirúrgica, agarré el alcohol gel, mi permiso individual temporal y salí de los 35 metros cuadrados en los que vivo prácticamente recluida desde marzo.

“Cómo le voy a decir que no a un examen gratis”

Creo que llegué unos cinco minutos atrasada a mi cita en la Enfermería de la DISE UdeC –uno de los organismos que colaboró voluntariamente con el proyecto-, porque estaba demasiado fascinada contemplando el sol y los pajaritos mientras caminaba.

Allá, fui recibida por seres humanos tan cubiertos en implementos de seguridad, que bien podrían ser aliens disfrazados y yo no me habría dado cuenta. Entre el escudo protector y la pechera plástica, de pronto reconocí a la enfermera de la DISE, Pamela Labbé:

– Te estábamos esperando. Yo seré quien te tome el test, pero primero te harán la entrevista.

Me sentaron en un escritorio, donde su colega me realizó distintas preguntas para corroborar que fuera un caso negativo y también para conocer mi estado de salud:

– ¿Tiene hipertensión?

– No.

– ¿Cáncer?

– No… que yo sepa…

Hasta que llegamos a la pregunta que menos quería escuchar (pero que sabía que iba a ocurrir):

– Para validar este test que analiza el aire espirado, necesitamos también tomar una contra muestra de PCR. Su aplicación solo tiene efectos temporales, como lagrimeo e incomodidad… [nombra unas cinco cosas más] ¿Da su autorización para esto? Esta prueba es voluntaria y puede retirarse cuando desee.

Y sabiendo que mi pobre nariz iba a sufrir, simplemente dije.

Bueno. Cómo le voy a decir que no a un examen gratis.

Y ya estaba lista. Me sentaron en una sillita y primero me pasaron un extraño tubo blanco, con una boquilla, indicándome que debía apoyarme y soplar largamente, por lo menos cuatro veces. Devolví el tubito y de pronto, lo desmontaron, le sacaron una cápsula que tenía en su interior y la metieron dentro de un frasco con un líquido incierto.

Pronto volvió la enfermera, esta vez con un larguísimo hisopo:

– Solo porque haces el test tú, Pame, y porque confío en ti, es que me dejaré hacer esto- le dije.

Me sonrió y luego insertó la tórula por mi nariz durante unos 10 segundos (que en mi cabeza se sintieron como una hora), hasta que logró topar “atrás”, a pesar de que automáticamente fruncí la cara con tal fuerza, que por un leve instante costó avanzar.

– Relaja el rostro… genial, listo.

La sensación de practicarse el hisopado es similar a cuando te tiras un piquero al agua y olvidas taparte la nariz y se te mete agua hasta el infinito por esa vía. Dentro de todo, no era una sensación dolorosa, pero sí incómoda.

Quedé solo con mi ojo derecho lagrimeando por un minuto. Y listo, ya era parte de los 750 voluntarios y voluntarias. Agarré mi mochila, me pasé un pañuelo por el ojo llorón, me despedí y emprendí rumbo hacia el edificio de Anatomía de la UdeC, donde procesaron día y noche las muestras durante 7 intensos días. Ahí me esperaba la investigadora a cargo del proyecto para hablar de forma más científica de lo que había vivido.

Una nueva generación de tests no invasivos

La prueba de reacción en cadena de la polimerasa en tiempo real (RT-PCR por sus siglas en inglés) no solo es molesta e incómoda para quienes pasamos por ella, sino que tampoco es muy certera. ¿Sabían que tiene una sensibilidad de entre 65 y 80%? ¿Y que eso implica que deje de detectar a más de un 20% de positivos reales? Yo me desayuné -o más bien, almorcé- esas cifras entre conversaciones y documentos compartidos con Carolina Delgado Schneider, la académica a cargo de este estudio piloto.

La ventaja de esta nueva prueba de diagnóstico es que busca detectar residuos del virus en los aerosoles del aliento, permitiendo que se detecten las partículas virales hasta en personas asintomáticas y pre sintomáticas. O al menos, eso es lo que buscan lograr, para ser aprobados por la FDA.

Como solo requiere soplar en un tubo, no es invasivo; este contiene una membrana estéril en su interior ubicada en una cápsula, que es lo que se coloca en un escáner para evaluar, a través de la espectroscopia de gases de ondas milimétricas Terahercios (THz).

¿Y cómo fue que una prueba basada en Física y desarrollada por una empresa israelita terminó haciendo un piloto en Concepción? Todo partió por el actual rector de la UdeC, el Carlos Saavedra, que recordemos que es físico y doctor en Ciencias.

“Me lo planteó él, luego de tener contacto con esta empresa proveniente de Israel. En este país, ya habían trabajado en un test similar para detectar el virus del Zika y, por encargo del gobierno, lo llevaron al coronavirus. Desarrollaron esta prueba, la testearon entre marzo y mayo de este año y encontraron una muy buena sensibilidad y precisión, de entre el 96 y 97%, por lo que decidieron hacer estudios piloto de validación en distintas partes del mundo para replicar el resultado”, me relata Carolina Delgado Schneider desde su oficina. Mientras, por el segundo piso de Anatomía entran y salen personas cargando muestras, acompañadas por los consentimientos informados, los cuales son metidos dentro de bolsitas transparentes y bañados en amonio cuaternario.

Ya han realizado pilotos en Abu Dabi, República Dominicana e India, reclutando 1.300 resultados positivos y alrededor de 4.000 resultados negativos útiles entre todos estos países. El piloto chileno es el primero en Latinoamérica y es probablemente uno de los más ambiciosos, porque se realizó en Concepción, en una semana y con el objetivo de reunir 750 negativos y 750 positivos.

“Fue sumamente ambicioso, en comparación a lo que lograron los otros países. Pero nos planificamos para conseguirlo y creo que, como mínimo, conseguiremos 500 casos positivos -los más difíciles de reunir, considerando que la tasa de positividad del Biobío es del 9,2%-, porque desarrollamos una estrategia para lograrlo, yendo a residencias sanitarias, CESFAM, hospitales, regimientos, entre otros”, me agrega.

Para corroborar los resultados, lo ideal era que la persona pase por dos test de PCR, sumado a esta nueva prueba; como cada PCR debe ser financiado por el proyecto, decidieron ir a lugares donde ya se estaban tomando muestras –como, por ejemplo, el pabellón quirúrgico del Hospital Regional-, para solo aplicar un hisopado más. En el caso de los negativos, para asegurar que la muestra fuera segura, decidieron aplicarlo a funcionarios y funcionarias en teletrabajo y con bajísimo riesgo de contagio.

Sumado a estos desafíos, el programa piloto contaba con una sola máquina para el análisis y la muestra debía ser tomada, trasladada y procesada en dos horas o menos. Por eso, el trabajo de recolección de casos y su análisis durante una sola semana fue titánico, pero con excelentes resultados:

Hubo días que trabajamos hasta las 10 de la noche. Fue como “la Teletón del positivo”– dice entre risas la investigadora.

El programa piloto ya cerró, con una excelente recolección de casos. De aprobarse este test, se podrían realizar tamizajes más masivos, reduciendo la espera a horas y por 1/3 de los costos. E incluso, permitiría detectar, notificar y aislar casos asintomáticos a tiempo (los cuales han sido focos de contagio, por lo silenciosa y contagiosa de la enfermedad).

“Si se aprueba esta tecnología, pronto deberíamos estar utilizándola y no solo para detectar el coronavirus, si no con cualquier enfermedad con agentes bacterianos o virales respiratorios. Se trata de una nueva generación de exámenes no invasivos”, declara.

Apenas concluyo la entrevista, me marcho del edificio cruzando los dedos, con la esperanza de que un test así pueda ayudar a disminuir el avance del Sars-CoV-2. Y para que, ojalá, no vuelvan a meterme un hisopo por la nariz y hasta la garganta.

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